Antes quería que todo fueran lineas rectas. Aprendí que nunca lo son. Al principio me preocupaba de mantener todo mi espacio personal dispuesto en perfecta armonía geométrica, hasta el punto en que si un libro sobresalía en una estantería, lo tiraba. No quería que nada arruinara mi perfecta distribución.
Conseguí llevar a cabo mi empresa durante mucho tiempo. La ropa, siempre con corte recto, fuera los peinados modernos y asimétricos que tan de moda están siempre. Mis amigos se adaptaron a mi nueva situación, pero pasado un tiempo, me percaté de que a la gente le resultaba un poco incomodo tener que andar sin hacer curvas cuando yo estaba delante, por que me ponía nervioso. También tuve problemas con algunas decisiones empresariales que afectaban a los artículos que consumía, no sabéis lo mal que me sentó que cambiaran los packs de leche por botellas irregulares, me ponía enfermo. Incluso envié unas cuantas cartas para quejarme... pero nunca obtuve respuesta.
Un día una amiga me regaló una camiseta de una tienda llamada irregular... hasta el nombre me molestaba, tenía una manga más larga que la otra y el cuello era una abominación asimétrica. Pero entonces la miré, tenía una expresión cándida en su rostro, estaba muy emocionada con su elección y esperaba que me entusiasmara. Yo no era capaz más que de odiar aquella prenda. Pero la pobre me miraba y yo... sonreí. Y me la puse para agradarla. Al cabo de un rato con aquella abominación textil sobre mi cuerpo... me di cuenta de que no era tan terrible. La camiseta me daba un aspecto desenfadado, incluso era cómoda. En ese momento, empece a pensar que quizás mi obsesión por las lineas rectas... era un poco exagerada. Estaba bien eso de tener una estructura sobre la que establecer unas bases, pero no es malo que las lineas se rompan un poco. Por que al fin y al cabo, no pasa nada por que un libro sobresalga en la estantería...







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